After four years: A little contrite but still unrepentant

As a young boy whose upbringing took place under the aegis of pre-Vatican II doctrinal Catholicism, it was the sacrament of confession – reconciliation nowadays… as if it had something to do with the reestablishment of cordial relations with God – which had me in a constant state of fluster. And it was during those weekly sessions, as I kneeled at the pew line waiting for my turn at the confessional that I faithfully went through the routine: examination of conscience, contrition for sins, and intent never to sin again.

But my counselor-priest always told me that the key to the sacrament was in the way you felt sorry, and not just simply in being somewhat contrite for your sins. According to him, if you aspire for the eternal vision of God, it must be a perfect act of contrition… out of love for God; and not just feeling half-heartedly sorry… out of fear of placing your soul on the path to hell. The latter, to him, just wasn’t saintly enough.

Well, Father John’s admonitions on contrition came to light once again this last Sunday as our crowd of 10,000 strong – by some counts closer to 15,000 – made the well-planned, and for the most part orderly, 20-block pilgrimage for peace in Downtown Portland (Oregon). A crowd that I soon realized was atypical of a regular peace march, my feeling was that the majority of these folks would rather have been caught death than participating in those peace marches back in late 2002 and just prior to the Iraq invasion four years ago. So why this change of heart for so many… and what does it mean for the country, both short and long term?

Of these latter-day converts to peace, I’d say that a few had initially swallowed lock, stock and barrel the lies put out by the Bush Administration (WMD, terrorist ties, and the rest of Cheney’s menu); however, the majority of these marchers, just like the vast majority of those who had stayed home, were simply hawks who had borrowed a few white feathers from doves. Some had relatives or friends serving in the military in Iraq or Afghanistan, and the idea of bringing the troops home had an appeal to them. Others did not seem to have a major idealistic thrust or specific direction but showed disgust for the inefficient way Bush and his cadre of Keystone Kops had handled just about every issue. One small business owner even confided to me his “economic concern” that the long term cost to the nation caring for the disabled – those horribly maimed as well as the anticipated legion of ex-soldiers suffering mentally – may prove untenable for an economy that will keep having less and less of the pie making up the world’s wealth.

The predominant signs, both in number and size, made up what can be construed as the march’s theme: to end the occupation of Iraq – “Just Say No to War”; “Bring Our Troops Home”; “Support Our Troops”; “Out Now”; “Give Iraq Back to the Iraqis” and similar text. A few signs were a bit more forceful, mentioning the Pentagon-provided numbers of American casualties to date, or an occasional “Impeach Bush,” but little beyond that. As for Iraqi casualties and dislocations – over 500,000 civilian deaths and 1 million wounded; 2 million forced into exile and up to 1 million internal refugees – they did not seem to have sufficient relevancy to commande que los latinos tienen roles claves en las dos grandes adicciones del país. Para bien o para mal, tanto la parte latina del hemisferio como la anglo están vinculadas de varias maneras, un hecho que saben bien los políticos de ambas partes.

Los políticos que hacen proselitismo a una economía de incentivos a la oferta han tachado de primo al trabajador estadounidense por un cuarto de siglo con su economía de chorrito. Claro que a su vez los políticos han tachado de boba a toda la población, y por medio siglo, al no reconocer el significado de la demanda en nuestras realidades.

Llevamos más de dos generaciones luchando contra los que proveen estupefacientes a nuestra población, incapaces de admitir que el problema de la drogadicción radica principalmente en la demanda, y no la oferta. Bueno, pues el tener un Zar-antidrogas y una guerra declarada para defender nuestra pureza es simple estupidez. Si decidimos echar a un lado la hipocresía, nuestro éxito con este problema biológico-social seria mucho mayor, a un costo inferior y más humano, y no causaríamos tantos problemas a las naciones de Latinoamérica que nos proveen las drogas. Esta es una cuestión donde seres inteligentes, no importa sean anarquistas o capitalistas, llegarían a un completo acuerdo: que no tiene sentido considerar el problema del alcohol y drogas como un acto criminal. Pero los políticos han preferido vendar sus ojos a esta realidad.

Y, de forma similar, también han decidido vendar sus ojos a la otra realidad domestica que ahora domina el panorama estadounidense: inmigración indocumentada o ilegal (adjetivo según sentimiento personal). ¿Por qué? Por la simple razón que este tipo de inmigración debe ser enfocado desde el lado de la demanda, y no la oferta. De nuevo, lo mismo que con la cuestión de drogas ilícitas, no debe tratarse como un acto criminal. En ambos casos necesitamos acabar con la demanda o sofocarla con una legislación apropiada asegurándonos de tratamiento en todos los aspectos: humanos, sociales, económicos y políticos.

La adicción de los estadounidenses al trabajo de los indocumentados no es solo una cuestión de aumento de beneficios para las empresas, sino también para el ciudadano codicioso. Nuestro estado anárquico en inmigración ilícita no es solo culpa de políticos de derecha, o de los otros políticos de menos-derecha, es de todos. El problema lleva con nosotros por dos generaciones, sin haber sido enfocado apropiadamente y en su totalidad por la legislatura hace dos décadas cuando se supone todo se puso a punto, convertido ahora en un monstruo que asusta a la población; un dragón que la mayoría pide tenga fin, con la ayuda del gran caballero Jingo, patrón de la patriotería, así como de sus dos escuderos y venerados comentaristas, Lou Dobbs y Patrick Buchanan, para acabar con él y que de esta forma podamos mantener intacta nuestra hegemonía.

Durante su última parada en Méjico, Bush fue amonestado por el recientemente elegido mandatario sobre la murallita que según el Congreso estadounidense anterior debe construirse en parte de la frontera entre los dos países. Esta pared, algo que no va mucho más allá de lo simbólico, no le gustó nada a Calderón, quien dijo a Bush que tal muralla no impediría el que sus paisanos crucen la frontera. Algo de Perogrullo. Con su dependencia en mano de obra, EEUU ha creado a su vez una adicción para ese país, ya que son entre 20.000 y 30.000 millones de dólares que los mejicanos remiten anualmente a sus familiares en Méjico, haciendo que estas remesas sean, después del petróleo, la fuente de ingresos número dos del país.

Una amiga y trabajadora social, cuyos abuelos maternos cruzaron la frontera desde Méjico en los años 50, ilegalmente cabe decir, me confesó el año pasado – asumo que en broma – que si EEUU quisiera verdaderamente resolver esta crisis, tanto para nosotros como para los latinos, solo tendría que hacer una redada de todos los indocumentados sin discapacidades y darlos un entrenamiento militar por seis u ocho semanas, a lo Al-Qaeda, y entonces mandarlos a sus países de origen con una ametralladora AK-47 en sus manos, y una promesa de que EEUU los ayudaría una vez hubiesen derrocado sus gobiernos corruptos. No tuve el coraje de decir a mi amiga que esta nación no paga ni patrocina, ni siquiera da el imprimátur, a revoluciones cuyo origen provenga de los oprimidos… ya que nosotros ayudamos solamente a opresores. Es la naturaleza del capitalismo de rapiña... muy diferente al de libre empresa.

En cuanto a esas dos enormes dependencias, drogas e inmigración, continuaremos haciendo poco o nada, culpando – como siempre – el lado de la oferta.