Civismo y criminalidad en una plutocracia monárquica

La semana pasada, el equipo que creo la maquina de guerra bien engrasada que tuvo éxito en “Operación  Tormenta del desierto” – designación militar de la Guerra del Golfo [Pérsico] – se reunió para conmemorar el comienzo del conflicto de “liberación” contra las fuerzas de ocupación de Saddam Hussein en Kuwait hace 20 años. Reunión que nos trajo la recolección de datos acerca de la guerra, pero que al mismo tiempo omitió datos de la preguerra y posguerra... sórdidos en algunos casos, relevantes en todos.

Allí estuvieron, rodeando a Bush-Padre, Comandante-en-Jefe en aquel entonces de la única superpotencia en el mundo, su grupo de ex consejeros: Dick Cheney, Ministro de Defensa; James Baker, Ministro de Asuntos Exteriores; Brent Scowcroft, Consejero de Seguridad Nacional; y Colin Powell, a la cabeza del mando militar.  Dan Quayle, Vicepresidente en 1991, quien no tuvo rol alguno, tampoco lo tuvo aquí, aunque se le permitió, por cortesía supongo, el estar también presente y en camaradería.

Representando a Kuwait estuvo H.E. Mohammad Abdullah Abulhasan, quien en ese tiempo fuera embajador a la ONU, y el Sheik Ahmad Humood Jaber Al-Sabah como representante del emir de esa nación quien, es mi sospecha, probablemente estaba muy ocupado la semana pasada  contando su hornada adicional de petrodólares, con esta subidita que estamos teniendo en el petróleo, y prefirió no viajar a Tejas.

Una guerra “pulcra” según los concurrentes, o “ejemplo clásico” de cómo hacer batalla, iniciado con un consenso internacional y el consentimiento de la ONU, con pocas bajas y que termino siendo sufragada por los que mas se beneficiaron de esa victoria: los intereses petroleros de Kuwait, con $15.000 millones; intereses similares de Arabia Saudita, con otros $15.000 millones; y la maquinaria de guerra estadounidense, con $10.000 millones... con los restantes $30.000 millones, de un total de $70.000 millones que costó la guerra, colectados de otras naciones que consideraron su contribución como buena inversión para que se resumiese el movimiento del petróleo en la zona.

No cabe duda de que si fue un “ejemplo clásico” de cómo llevar una guerra.  Todo gracias a la importancia del petróleo y la necesidad de deshacerse de los iraquíes, con la devolución del petróleo a Kuwait, así como asegurar una ininterrumpida distribución.  El petróleo fue la variable causal y todo lo demás, incluyendo la cuestión de soberanía, tan solo fueron variables intermedias, detalles de adorno.

Saddam Hussein calculó mal su prestigio con la Liga Árabe y con EEUU.  Quizás se auto considerase como campeón de la causa árabe, un nuevo Saladino, pero muchos de sus hermanos árabes no estaban listos a perder su riqueza y poder por él.  Y su buena posición con EEUU por su guerra contra Irán cesó al terminarse esa guerra.  Ya habían trascurrido dos años desde que EEUU volase plataformas petrolíferas iraníes, destruyese dos de sus fragatas y que el USS Vincennes echase abajo a un airbus iraní con 290 pasajeros.  Si Saddam fue un amigo para los estadounidenses en abril de 1988, dejó de serlo para agosto de 1990 cuando Irak declaró “una unión total y eterna” con Kuwait, anexionándola como provincia (numero 19).

Ni su enfoque, ni su racionalización, anexionando a Kuwait, le sirvió a Saddam Hussein – echemos la culpa a la sed de petróleo que existe en el mundo – pero su argumento no era tan inverosímil cuando consideras la composición de la población de Kuwait en términos étnicos, culturales y hasta históricos.  Pudiéramos hasta estar de acuerdo de que el denominador común árabe hace que Kuwait sea más iraquí que el norte de Irak, poblado en su mayoría por kurdos, pero como casi siempre ocurre, la riqueza regional juega un papel muy importante en asuntos geopolíticos.  Y ni los kuwaitíes ni sus gobernantes estaban dispuestos a compartir su riqueza con sus menos afluentes primos árabes.  Y eso nos trae a extraños emparejamientos; donde, fuera de la OTAN, Kuwait es posible sea el mejor aliado de EEUU, con Israel, en esa región (Oriente Cercano y Oriente Medio).  Bueno, tanto como aliado... digamos más bien un pedidor de protección con tono amable, y reservas petrolíferas estimadas como quintas en el mundo... eso para un país con una población de apenas dos millones y medio, si excluimos al millón de extranjeros  en clase-de-servicios.  Nada de lucha de clases en Kuwait, no cuando al nacer entras en una clase socio-económica media-alta por ser kuwaití, y tu país ser una tierra-desierto bendita con un proceso prehistórico de catagénesis bajo esa tierra.

Pero del hecho mas importante, en términos humanos, de esa Guerra del Golfo, ni siquiera se tocó; y es la política inspirada e instituida por EEUU contra Irak después de esa guerra... y que incluyó sanciones  que no solamente causaron penurias a la población iraquí, pero que además fue responsable por la muerte de entre 100.000 y 1.000.000 de niños inocentes en la década de posguerra (según fuentes con niveles diferentes de fiabilidad).  Sea cual sea la cifra, algo que nunca sabremos, fue un verdadero holocausto de estos tiempos.

En estas fechas, tras el incidente de muertos que ocurriese en Tucson, Arizona, en el atentado de asesinar a una diputada al congreso (Giffords), se ha estado hablando de la necesidad de civismo en la escena politica norteamericana.  Pero no es civismo lo que hace falta a esta nación, sino algo mucho mas importante: escrúpulos; algo que nos es evidente cuando aceptamos la criminalidad de nuestros gobernantes cuando declaran guerras por gusto, donde perecen inocentes – nuestro famoso daño colateral teñido con sangre humana – ocurriendo eso en cualquier parte del mundo.

Constitucionalmente, “lo nuestro” se supone que es una republica, pero todo parece indicar que de hecho es una plutocracia monárquica.  Eso se evidenció durante una entrevista de prensa por el presentador de una importante cadena de televisión, Brian Williams, cuando dirigiéndose al anciano Bush con exagerada deferencia comparó a su familia con la de los Adams (durante las dos primeras décadas del país). ¡Ah... esta nobleza norteamericana!