En EEUU se reemplaza al general pero no al belicismo

¡Pobre Obama! La economía continua caótica, aunque a veces nos la presenten con augurios muy positivos, y su política en torno a la guerra lleva el mismo desaliño. Aun así muchos progresistas continúan esperando algún milagro, dejando a un lado todos los espejismos que el presidente ha tenido, dándole largas a ese prometido cambio.

Pero el cambio requiere liderazgo: el poseer las cualidades mentales que se necesitan para llevar a cabo algo; y tal liderazgo es algo de lo que estamos poco abastecidos en EEUU estos días. ¿Y como sabemos de esta carencia de liderazgo? Una prueba de la existencia de tal, de acuerdo con Arnold Henry Glasow, un prominente humorista norteamericano del siglo pasado, es la habilidad en reconocer un problema antes que este se convierta en emergencia (algo que no ha existido en la Casa Blanca por varias décadas). Y yo añadiría una segunda prueba con referencia a los dotes de mando del presidente: su habilidad en elegir un equipo de consejeros que en forma inequívoca acepten y adopten la voluntad del presidente; y no individuos con agendas personales ocultas, no importa lo indispensables que se les crea por su experiencia.

Desde el principio, algo evidente durante su campaña en el 2008, este presidente nos ha dado múltiples indicios de ser sumamente dúctil, algo que puede ser positivo en la política pero no en el liderazgo hacia el cambio. Y es precisamente el cambio lo que decimos haber estado esperando; si no la venida del mesías, por lo menos un profeta que prepare a la nación para una “segunda venida” política que tanto necesitamos. Barack Obama, una y otra vez, nos demuestra ser solo un pronunciador de palabrería centrista, definitivamente no un mesías, ni un profeta que augure su llegada.

Barack Obama no se ha ganado siquiera un aprobado en estos diecisiete meses que lleva en la presidencia en cuanto se refiere a los problemas domésticos, bien sea en enderezar la economía que heredó, o en las reformas de salubridad para el ciudadano. Y su carencia de éxito en el ámbito casero se agrava en su fracaso con la guerra en Afganistán que adoptó como suya propia.

Sí, la guerra en Afganistán es, por su elección, de cabo a rabo, su adoptada guerra.

Si visitamos de nuevo el viaje de Obama a Afganistán en Junio del 2008, como senador y presunto candidato a presidente por el partido demócrata, le veremos extendiendo su oferta de paz al alto mando del Pentágono – después de todo, su posición en contra de la invasión a Irak estaba bien documentada – adoptando esta vez una postura belicista en Afganistán pidiendo el que se aumentara el numero de tropas... solo 2 o 3 brigadas entonces; números que ascenderían después a 30.000. Este “tan necesario” viaje para su campaña presidencial, que requería un tete-a-tete con oficiales en campo de batalla y el mismo Hamid Karzai, dieron al futuro presidente validación de su adherencia a la razón de ser del militar norteamericano. Su llamada al aumento de tropas en Afganistán corría en paralela urgencia a su necesidad de recibir el imprimátur del Pentágono.

EEUU parece necesitar de ese paso de testigo entre comandantes en jefe, teniendo siempre un foco central, una guerra, un enemigo común para la ciudadanía en general. Así que Obama adoptó esa mal llamada “guerra al terror” como algo propio. Poco o nada importa que la mitad del planeta considere al norteamericano como el verdadero terrorista, haciendo uso de armas de temor y sanciones criminales contra pueblos y países, y de esta forma dispensándose de actos de inmolación que asociamos con seguidores del islamismo.

El papado-militar norteamericano con su sede en el Pentágono es demasiado extenso para poder mantener un orden perfecto en sus filas, con casi mil individuos con rango-estelar (generales y almirantes) en su rol de príncipes en servicio activo. Así que no debe sorprendernos el ver a uno de estos nobles militares, el cuatro-estrellas General Stanley McChrystal – hijo del dos-estrellas General Herbert McChrystal – adoptar un estado de santurronería que terminaría juzgándose como apostasía.

Así que nuestro dedicado asceta al mando del invasor en Afganistán, alguien que apenas duerme cuatro horas en la noche, consume tan solo una comida al día y cubre en carrera por lo menos 10 kilómetros al día, finalmente tuvo que entregar su bastón de mando a la tan criticada (por el militar) mentalidad civil. “Mulá McChrystal” [el apodo que se le diera en Afganistán] por petición del Presidente – a quien no le quedaba otra alternativa – entregó su dimisión.

Pronto el senado confirmará al general Petraeus como reemplazo a McChrystal para tomar el mando en forma directa en Afganistán. Y, sin hacer juicio de su pericia militar, continuará representando la idiotez que representa la presencia militar norteamericana en esa región del mundo. No importa cuantas tropas EEUU mande para desalojar la influencia de los talibanes, los norteamericanos no tendran mas éxito en Kendahar o en Helmand del que han tenido últimamente en el distrito agrícola de Marjah.

No se presagia nada bueno en el hecho de que a generales se les puede reemplazar con facilidad pero que no es así con el belicismo del robot-Pentágono que parece haber sido programado hace mucho para tan solo servir las necesidades del monstruo “militar-industrial” del que nos hablara Eisenhower (Presidente y general de cinco estrellas). Cada presidente o candidato a la presidencia de los Estados Unidos no parece quedarle otro remedio que el aceptar esa realidad... y Obama aparentemente prefiere no convertirse en cordero expiatorio.