Otro estímulo con malas consecuencias

Todavía quedan vestigios de aquel pensar que el conservadurismo y la responsabilidad fiscal llevan lazos conyugales en nuestro país, sobretodo entre los Republicanos mas adentrados en la tercera edad. Pero os aseguro, y esto es algo a lo atestiguaran historiadores de económicas, que esa cama conyugal lleva sin ser dormida en ella desde que Barry Goldwater dejase el Senado después de su primer doble gira (1953-1965). Es un hecho incontrovertible que los Republicanos derrochan con igual afinidad a los despilfarradores Demócratas. Y hace dos semanas tuvimos prueba de ello en Capitol Hill, y la desvergonzada legislación que afectará los “por nacer”.

Con proporciones aplastantes de 5 a 1 (Senado) y 11 a 1 (Cámara de Diputados) se logró pasar legislación que otorga $168.000 millones para estimulo económico, y que Bush firmo como ley el 13 de febrero. Esa devolución de impuestos al ciudadano no ha sido otra cosa que el ganar puntos para los legisladores, y que fuerza regalos tardíos de los nietos para sus abuelos – con el presidente y el congreso haciendo de Papá Noel o de Reyes Magos. ¡Que hipocresía… que descaro! Aquí tenemos a nuestros políticos de carrera aparentando estar concernidos con el estado de la economía cuando han sido ellos quienes de una forma u otra han llevado el mando. Centuriones todos de este duunvirato imperial, su voto en esta ocasión no ha sido diferente del que por toda una generación llevan dando con las mismas medidas de derroche que han llevado a esta nación hacia las aguas de un remolino económico sin salvación.

Y al final de cuentas todo ese dinero no logrará nada, menos salvarnos de la recesión. Quizás nos engañe por otro rato más, posponiendo las consecuencias de un gobierno que tan solo gobierna para beneficiar a unos pocos privilegiados y a nadie más.

¿Puede alguien acaso explicar lo que todo este dinero extraído del sudor y sangre de nuestros descendientes logrará? ¿Acaso mantenernos derrochando por un trimestre más? Pero ni siquiera hará eso. Ese dinero que apenas representa el 5 por ciento del producto bruto trimestral ni siquiera podrá borrar los “gastos escondidos” de los que el gobierno no nos habla, como la inflación real correctamente medida; o el desempleo también real, y no el dado por el gobierno con una base impropia; o los disminuyentes servicios que se reciben, particularmente en servicios de salud, y que una buena parte de la población deniega por insuficiencia de fondos que no sean para la comida, energía o vivienda.

Para muchos esto no es noticia, pero la recesión en EEUU, no importa lo que este gobierno nos diga, nos ha estado acariciando por tres o cuatro meses, por lo menos a dos tercios de la población. A estas personas menos afluyentes no les es necesario que el gobierno las diga que es necesario que vivan con menos, y que esa temida “R” por fin nos llegó… y que “derrochar” se ha convertido para ellos en un verbo arcaico; que ya no son aquella afluyente clase media norteamericana, tan solo las victimas de ese proceso de globalización unido a un resurgir de una elite rapaz y acaparadora.

Aunque debiera ser patentemente obvio que en EEUU hemos llegado al tope de los ingresos medios de familia – a menos que pongamos a trabajar a nuestros niños o que rehusemos incluir en las estadísticas a los millones de inmigrantes indocumentados – estamos en denegación y no lo admitimos. De hecho lo mas probable es que ocurra una disminución de esa media una vez se haya hecho el ajuste por la inflación.

Y mientras esa probabilidad amenaza, los auto-denominados expertos en la vivienda todavía profetizan que esa industria se enderezará pronto… un año, quizás dos, y los beneficios en bienes raíces continuarán. Ni les digas que los precios actuales necesitan un reajuste que borre de ellos del 20 al 30 por ciento del precio actual, cuando el inventario de viviendas en oferta sea real y no esté la mitad en “estado de espera” hasta que el mercado se “normalice”. Esta oferta inelástica poco a poco se desmoronará cuando la avaricia de paso a la realidad… y terminémonos dando cuenta que una vivienda solo posee un valor que sea realizable en un mercado legitimo, y no uno artificial.

Y lo que aparenta ser tan evidentemente claro en la vivienda, se puede muy bien aplicar a la construcción comercial aunque con propias variables. La realización de que tanto el comercio minorista como la industria de hospitalidad (hotelera y restaurantes) tiene de por si una capacidad exceso de mas del 20 por ciento nos recuerda como ridiculizábamos durante la guerra fría al sistema central socialista de planificación. ¡Al parecer hasta en ineficiencia les ganamos!

Ese tan venerado índice, o indicador económico de “confianza del consumidor” no es de por si una profecía que tienda a cumplirse por su propia naturaleza, no cuando la base de esa economía es de madera podrida. Artilugios estúpidos, como el de un gran centro de compras en Nueva York (Atlas) que la semana pasada regalaba billetes de 50 dólares para infundir confianza es no solo un reflejo de la ignorancia del consumidor sino también de los políticos que estos eligen.

Claro que algunos de nuestros legisladores que se las dan de progresistas, aunque su voto estuviese a favor de esta farsa y derroche – quizás buscando redención – piden a los ciudadanos que gasten o inviertan esos fondos en productos o servicios sostenibles que bien saben es algo que no se hará, convirtiéndolo en una simple postura política de su parte… una segunda farsa.

Recordemos que estos $168.000 millones que se lanzaran a la economía no provienen de ahorros o beneficios, tan solo de prestamos adicionales: la sangre de nuestros nietos para que nos la demos de vampiros.