Obama, una tomadura de pelo para la izquierda norteamericana

Ocurre una y otra vez según estas campañas cuatrienales van tomando forma con el fin de conseguir residencia en la imperial Casa Blanca. Aunque a nuestros clonados candidatos, uno de cada indistinto partido político que siempre suman dos, se les pida que traten de todos y cada uno de los temas que conciernen al país; bien sea por pecar de compasivos o por ignorancia cívica, a todos terminamos pasándoles las asignaturas aunque estén peces en la materia. Por vagos o poco exigentes siempre nos quedamos con las ganas de saber lo que estos candidatos piensan, y mas aun lo que terminaran haciendo si logran el poder. La prensa, con su misión corporativa, y su propio instinto de conservación, simplemente lleva el juego económico de siempre y su rol de puta halagadora.

Tanto progresistas como otros que clamorean la necesidad de cambio, particularmente legiones de jóvenes – muchos de ellos con su primer voto en la mano – ofrecieron su ayuda a esta nueva cara política de gran esperanza, un individuo que sabia articular tal cambio con credibilidad, para tomar las riendas del sempiterno partido del “menor mal” donde residen los conciliadores de paz y los económicamente abatidos de esta década. Claro que una vez que consiguió el apoyo de su partido, a Barack Obama no le quedó otra opción que el aceptar su espera en la “caballeriza dorada” donde le dieron nuevos adiestradores con conocimientos mágicos que aseguraran que en esa carrera a la presidencia llegará a la cabeza, no en segundo o tercer lugar.

Y ahora que esa cara esperanzadora ha sido renovada, no para quitarla arrugas, dado lo joven que Obama es, pero para añadir las requeridas “arrugas patrióticas” que le hagan aceptable a lo que sus adiestradores consideran América-Centrista, no un lugar geográfico, sino mas bien un estado mental: el que define ese equivocado camino por un centro inexistente de una nación económica y moralmente decrepita en su ocaso, donde el cáncer-de-imperio ya está rondando por esa cuarta etapa extendiéndose en casi todos los aspectos de la vida en Norteamérica. Y esto ocurre mientras las banderas ondean en toda gloria, insignias de barras y estrellas adornando las solapas de los políticos y sus hermanos, la elite de secuaces corporativos. ¿Es posible que no sea cambio lo que los estadounidenses quieren, sino tan solo el retorno, no importa como sea, al crédito fácil, gasolina a bajo precio y ese sueño fantasía de ser ricos por derecho propio o demencia patriotera, y no como fruto de su trabajo?

La media vuelta que Obama ha dado de ese progresismo y cambio no nos debe caer de sorpresa a aquellos entre nosotros tantas veces ya escaldados por la política de fraude que siempre ha existido; aunque nos sintamos mal por esos jóvenes idealistas en su bautismo en política. Obama está en manos de sus adiestradores (visibles e invisibles) quienes requieren su adherencia a esa cara-o-cruz de la política ambidextra sobre Irak, NAFTA (Asociación de Libre Comercio de América del Norte), separación de iglesia y estado; y, recientemente, su innecesario y obsceno voto en el Senado defendiendo al gobierno en contra de la privacidad ciudadana. Nos preguntamos… ¿Cómo hubiera votado Obama en el 2002 sobre la resolución de Irak si hubiese sido miembro del Senado… y no un ciudadano de Illinois sin ataduras a los poderosos?

Si a lo antedicho añadimos su adhesión ceremoniosamente registrada hace un par de meses al lobby de Israel, AIPAC, y su actitud actual de veleta de campanario en casi todos los temas de hoy día, nos debemos preguntar si existen verdaderas diferencias entre Barack Obama y John McCain que no sean de edad o de inteligencia, las cuales son fáciles de percatar. En todo lo demás, incluyendo esa critica política exterior, los dos senadores pudieran haber sido paridos por la misma madre… como mellizos no idénticos.

Algunos que han estado siguiendo la evolución política de Obama desde que Hillary Clinton abdicara lo que ella reclamaba ser su trono en el partido Demócrata, le conceden el beneficio de la duda manteniendo que una vez llegue a la Casa Blanca, será su propia persona y las ideas progresistas dentro de él arraigaran. Idiotas que somos, si lo creemos, ya que esto es algo que no ha ocurrido antes… por lo menos en las últimas ocho o nueve décadas.

Aun el Presidente Carter, entre los más honrados presidentes que este país haya tenido, encontró necesario dar su brazo a torcer durante su gobierno debido a la influencia ejercida por la Mafia de Miami (cubanos en el exilio) en la política de Florida. Esa “Cuba de Castro”, o mejor dicho los cubanos apolíticos de la Isla, tuvieron que sufrir las consecuencias de esas ARE (Armas de Recursos Enfermizos) norteamericanas: embargos, sanciones económicas y otras destructivas e inhumanas trampas sucias que constantemente se han estado llevando a cabo en secreto.

Las tres cuestiones claves para los norteamericanos que superan por mucho todas las otras – las tres ignoradas o trivializadas tanto por McCain como por Obama – son: la revisión total de una economía que está destrozada; el tratamiento imperial que damos a nuestra presencia tanto en el Oriente Medio como en el Asia Sudoccidental (Afganistán, Irak y las aguas infestadas por militares estadounidenses del Golfo Pérsico, que pudiera muy bien ser llamado ahora, el Pentagolfo); y nuestra irreverente e imperial actitud ante Rusia. Esta última, un problema que apenas sale a relucir en la prensa estadounidense… pero de por si algo de lo que tengamos que arrepentirnos. A diferencia de Alemania y Japón, Rusia no es un país derrotado… y tratar a esa nación con desdén triunfalista y fanfarronería puede algún día, sin necesidad, costarnos muy caro.

De todas formas, aunque sea el pirómano Bush quien vaya prendiendo fuegos por el mundo, poco es lo que se oye de McCain u Obama sobre la posibilidad de que ellos quieran apagarlos. Eso es de esperar de McCain… ¿pero de Obama?