¡Gracias, Señor, por permitir que continúe avinagrado!

El pasado domingo en nuestra reunión anual de familia festejando a las madres del clan, y su constante esfuerzo para que los varones mantengamos nuestros pies en la tierra, me asigné la tarea de contar el número de caras felices u hoscas en la concurrencia, excluyendo a los pequeños – todos mis nietos son felices por naturaleza, o lo que pudiéramos llamar destino-por-nacimiento. Bueno, mas que contar, lo que trataba era de encontrar una proporcionalidad directa y obvia entre el número de caras felices y el conservatismo político de esas personas.

Único motivo de tal operación era mi curiosidad, algo así como una simple muestra-verificación de los recientes resultados de un estudio científico pagado por la National Science Foundation con encabezamiento: ¡Conservadores más felices que liberales!

¡Hombre, de Perogrullo! Se lo pudiera yo haber dicho a esos dos investigadores de la Universidad de Nueva York; pero si la razón de este estudio no era sino una validación científica… reconozcamos que el dinero fue bien empleado.

La verdad sea dicha, nuestra familia no fue una buena muestra, dada su naturaleza feliz y positiva… ¡olvidémonos de la política! Y nuestra política tira básicamente a ser centrista con los extremos desbordándose a ambos lados en casi la misma cuantía. Total, que de caras hoscas nada, fuera de la mía… y eso es algo ya reconocido y aceptado de este “jefe” del clan, un progresista hecho y derecho (… o izquierdo).

De acuerdo con los resultados de este estudio, nosotros los zurditos somos un grupo de individuos disgustados, tristes, descontentos, afligidos, deprimidos, desalentados, sombríos, pesimistas, desventurados, melancólicos… y otros muchos adjetivos más.
Y esa mentalidad aparentemente se hace notar en nuestra faz como malhumorados, taciturnos, enfurruñados, pesimistas, y hasta avinagrados… y muchas cosas mas. Al parecer, o así lo interpreta el estudio, a nosotros los liberales nos molesta de veras la desigualdad social y económica que prevalece en el mundo. Y que bien sea por una deformación biológica o mental, se nos desposeyó de ese gene mágico que tienen todos los conservadores: el gene de la racionalización.

Resultados de estudios sociológicos y sicológicos tienden a indicar que los liberales sucumben a los efectos de desigualdad en una forma tan aplastante que se sienten impotentes a contrarrestarlo buscando una mínima racionalización; mientras los conservadores no encuentran gran problema reemplazando el orden moral con algo mas agradable, o tratable, a sus necesidades y convicciones. No nos sorprende pues que el Pew Research Center (centro de investigación) encontrase en una encuesta en el 2006 que el 47 por ciento de los conservadores Republicanos en EEUU se describiesen como “muy felices” mientras que solo el 28 por ciento de los liberales Demócratas se auto-designasen como “felices”.

Cuando los conservadores estadounidenses declaran su adherencia a los valores de familia, o a cierto orden moral, no es que bajen de la montaña después de hablar con El Creador. Esos valores, así como el orden moral de donde salieron, no satisfacen otra cosa sino lo que permiten sus deseos, “sus familias”… valores excluyentes como lo son las razones privadas que los crearon; valores que racionalizan desigualdad de la forma más cruda, particularmente en los aspectos sociales y económicos. De esta forma les es fácil abogar por la inviolabilidad de la vida en un nonato; y neutralizar, por vía de racionalización, el genocidio de un millón de niños iraquíes, o el guerreo de EEUU por todo el globo.

Quizás las racionalizaciones que enfocan el comportamiento de individuos específicos puedan encontrar con el tiempo remordimiento y el retorno de una conciencia en su estado original, sin daño alguno. Pero las racionalizaciones de grupo, como las que nuestra sociedad comparte que permiten el abuso del poderoso sobre el débil en el aspecto económico, o la subyugación de pueblos, o el tomar la vida humana, no importa las circunstancias; no, no existe el retorno de la conciencia de grupo, no en su estado original, intacta.

Aristóteles dio en la clave hace mas de dos milenios cuando escribió (La Ética) que, “los hombres comienzan cambios revolucionarios por razones conectadas a sus vidas privadas”. Quizás pudiéramos añadir culturales a revolucionarios para aplicarlo mejor a estos tiempos modernos. Sin duda alguna, son sus vidas privadas lo que lleva a los conservadores a modificar su conciencia y tomar el camino corto de la racionalización cuando confrontan la desigualdad o definen la justicia social.

En cuanto a este servidor, continuaré ante el mundo con esta cara avinagrada… por lo menos tratando de mantener la paz y la felicidad dentro de mí.