En Norteamérica, cambio político es anatema

De todos los cambios anticipados, prometidos o profetizados por los que llevan las veletas de aquellos que aspiran a residir en la Casa Blanca… habrá pocos en número, ligeros en ámbito y domésticos en naturaleza. Es tan solo un gesto simbólico, un poco de oratoria barata que sale de esa labia tan bien utilizada por predicadores y políticos, algo siempre lanzado con abandono, y magnificado por esa prensa que pudiera ser una cigarra cuadrienal – cuando se nos engaña en esa creencia que el pueblo tiene una voz política, y que la democracia está en buenas manos en nuestra republica.

Por lo menos en EEUU cambio se ha convertido tan solo en un recordatorio de cuanto nos antipatiza lo que hacemos, o permitimos que se haga, a otros en el planeta, o hasta a nosotros mismos. Pero cambio – cambio de veras – es algo de lo que podemos estar seguros que no ocurrirá… no con Barack Obama, no con Hillary Clinton; ni tan siquiera si cualquiera de los dos obtuviese un increíble y milagroso 70 por ciento del voto popular – mandato en cualquier democracia para efectuar cambio. Cambio como transformación mayor de nuestro gobierno, o de nuestra sociedad civil, o de la forma como hacemos las cosas, simplemente no ocurrirá.

¿Por qué? Por la simple razón que el cambio es anatema para los estadounidenses sabiendo las repercusiones que tal cambio pudiera traer al imperio. Y con un imperio desmantelado o desmoronándose, se sienten que cualquier ventaja económica, real o percibida, se les irá, algo que para muchos es auto-punitivo e inimaginable.

Así que cambio no vendrá a Norteamérica… no gracias a las próximas elecciones.

Tan solo cambios fuertes y permanentes en nuestra presencia en Irak; en el Medio Oriente; o en el resto del mundo, pudieran considerárseles cambios auténticos. Y para que esto ocurriese, se requeriría primero que los norteamericanos reconocieran el hecho de que hemos sido, somos y continuamos siendo un imperio, la regla de orden, la potencia que continuamente determina el destino de individuos, grupos y naciones alrededor del globo. Pero en vez de eso insistimos en que haya silencio sobre el tema y negamos ser un imperio con la misma energía con que Pedro negó a Cristo.

Algunos de nosotros aceptamos este hecho de imperio hace ya mucho… con lágrimas de ira y un sentido profundo de futilidad y desesperación. Pero la mayoría, hasta hoy, continua fiel a su enmascarado corazón egoísta, y la falsa realidad que prefieren creer: que estamos rodeados de “malos”, y debemos defender lo que tenemos (o lo que robemos) a toda costa; al fin y al cabo alguien tiene que estar de “encargado” en este mundo imprevisible; y de ser así, porque no ser nosotros los encargados, la nación con temor a Dios y ambos valores morales y un destino que realizar: el Imperio Benevolente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Claro que ni siquiera nuestros líderes tratan de guardar “el secreto”. Robert Gates, nuestro campechano ministro de guerra (ministro de defensa en términos políticamente correctos) hace poco nos decía sin grandes rodeos que el mundo es nuestra ostra, y que “ellos” (refiriéndose a los pobladores del Medio Oriente) no les queda otro remedio que acostumbrarse a nosotros; que por lo pronto y el futuro previsible, no les queda otra opción que aguantarnos y aceptar nuestra presencia.

Nuestro imperio, poco diferente a otros en el pasado, se administra militarmente con quizás menos de 900 puestos de avanzada dispersos por el mundo – lo que llamamos bases militares – el 80 por ciento de las cuales su existencia es reconocida por el Pentágono y el otro 20 por ciento que existen solo “en secreto” a vista de los amos de ese Pentágono, los residentes “actuales” de la Casa Blanca y un grupito muy exclusivo de legisladores del Congreso, las carrozas de confianza que definen lo que es el poder.

En cuanto a Irak, nuestra presencia allí es real, y continuara siéndolo, como lo son las reservas petrolíferas de ese país que nuestro imperio se ve obligado a controlar en las próximas generaciones. Cualquier discusión, charla o habladuría sobre este tema es una absurdidad irrelevante. Ya hace meses que Irak ha cesado de ser un tema de controversia política en el país, pasando a segundo o tercer plano. El hecho de tener más de 140.000 tropas en ese país es algo de transición que se está desvaneciendo. Y con buena razón… esas tropas, excepto por 30.000 a 40.000 de ellas, estarán fuera del país dentro de 2 a 3 años. Y a los que se queden no se les verá como ocupadores, recluidos a una vida de lujo de expatriados en seis u ocho superbases desde donde podrán mantener “la paz” en la región y asegurarse de que el oro negro fluye sin obstáculo alguno desde el Golfo Persa al Mar Caspio… y mas allá.

En menos de dos años todas las superbases estarán construidas y equipadas, de esta forma permitiendo que “la cara americana” (militares, mercenarios o civiles) desaparezca, por lo menos en las grandes poblaciones de Irak. Pudiéramos añadir que los cambios externos serán llevados a cabo sin afectar el control de recursos, o los objetivos del imperio.

Para los estadounidenses un cambio autentico no llegará hasta que ellos decidan que la evolución de su política, y su posible mutación, nunca logrará traer una democracia saludable o permitirá que exista paz con la comunidad internacional. Diríamos que ya hemos llegado a esa etapa: donde la relación de poder entre la elite (el complejo militar-industrial) y la participación en masa norteamericana, su sociedad civil, aparentan estar terriblemente fuera de balance, distorsionados. De ser así, no es cambio lo que se necesita sino mas bien un nuevo sistema de gobierno o, por lo menos, una revisión y reparación total de ese sistema del que estamos tan orgullosos.