En denegación de lo impepinable para el 2008

Después de Iowa, los candidatos sobrevivientes, Republicanos y Demócratas, se unen a esa palabra mágica en política: cambio. ¿Acaso se me puede acusar de cínico si en acto reflejo concluyo que ninguno de ellos probablemente quiera cambio significativo?

¿Os acordáis de aquellos profetas en el Viejo Testamento que singularmente, y en un lenguaje contundente, subrayaban las repercusiones que el comportamiento impío del pueblo les traería? Bueno, pues los homólogos modernos de esos sabios no son bienvenidos en el EEUU de hoy, y cualquier criticismo de nuestros sistemas político y económico es tomado como herejía, un cisma imperdonable, e inmediatamente se les cifra de tipos faltos de patriotismo.

¡Pobre John Edwards! Tanto la prensa como los parásito-expertos en televisión le han acusado por su apasionado discurso, post-caucus, en Iowa. El enfado no es algo que se tolera en esta auto-designada nación “moderada”, donde los políticos deben siempre proclamar esperanza y adulo para esta resurgente y Dios-bendita Norteamérica que espera salir adelante tan pronto se corrija nuestra navegación por uno o dos grados.

Como sugirió Ronald Reagan (antes y durante su senilidad): la única forma de hablar al norteamericano es con tono firme y convincente además de un incesante optimismo, al diablo la realidad. El populacho no puede recibir mensajes de auto-criticismo que puedan contradecir lo infalible de la nación; y solo mensajes esperanzadores que tan solo admitan una pequeña corrección. A los políticos, a diferencia de predicadores, tan solo debe permitírseles demostrar su ira contra enemigos extranjeros –no importa que sean reales o imaginarios – y no cuando el enemigo “somos” nosotros mismos.

Para estas fechas, debe ser obvio a cualquier estudiante de esta sociedad USA y su folklore econo-político que los norteamericanos no tienen paladar para ningún tipo de critica, mucho menos auto-critica, sobre nuestra democracia capitalista, particularmente si es expresada en forma sacrílega… y con enfado.

Una vez más, nuestros paladines políticos dicen a gritos ser candidatos para cambio; pero ningún candidato “aceptable” para la presidencia se ha atrevido a decirnos como efectuará tales cambios donde se necesitan; y, hasta la fecha, lo único que se les ha ocurrido son “pequeñas correcciones” en lo referente a la guerra en Irak, una mejora en asistencia sanitaria (y no el derecho a cuidado universal) y otros cambios menores que distan ser los cambios revolucionarios que este país necesita cuando lleva una dirección a casi 180 grados en rumbo opuesto al destino que la ciudadanía requiere; así como el resto del mundo que, con o sin razón, ve a EEUU con sospecha y temor.

Por lo menos John Edwards se atrevió a denunciar a la América Corporativa, rapaz y opresiva, lo que le puso en escisión irreparable con Wall Street además de escribir endeblemente su obituario como candidato a la presidencia, dejando a Obama y a la dama “con experiencia” en todos los problemas agudos del país (Hillary), todo lo que muchos pensamos ella nunca confrontaría, y mucho menos cambiaría.

Si hay una cuestión fundamental que nos define como pueblo entre los otros muchos pueblos del mundo, uno que ningún candidato “aceptable” se haya atrevido a tocar, es la política exterior estadounidense… y como vemos y tratamos a otras gentes en el mundo; y la reconstrucción total que se necesita en esa política. Reconstrucción y no una simple revisión. La viabilidad de EEUU, no solo como superpotencia sino como país merecedor de confianza, queda no en su acopio nuclear sino en como la nación cambia, lo decente y buen vecino que este país pueda llegar a ser.

Ni un candidato “aceptable” se ha atrevido a brindar su apoyo, de ser elegido, a buscar la reconciliación en Palestina, o en el resto del Oriente Medio y Sur-Asia; no como aliado y padrino de Israel, sino como proponente legitimo y abogado de una paz justa que a largo plazo terminará siendo la única garantía para que Israel sobreviva. Ni tampoco ha habido candidato “aceptable” que apoye el hecho de que los musulmanes, laicos o fundamentalistas, ni son terroristas ni islamo-fascistas como muchos los describen, y que es hora que demos fin a esta prejuiciosa charla-porquería en contra del islamismo. Aunque veamos al mundo de forma diferente, y a veces choquemos, no es ello razón para que dejemos nuestra búsqueda a una causa en común, punto donde civilizaciones eventualmente tendrán que fundirse, o por lo menos trenzarse, en una, a menos que la humanidad se empeñe en nuestra temprana salida del planeta.

Y esa búsqueda de armonía no se debe de restringir al Oriente Medio sino también a Latinoamérica, esas naciones donde nuestra intromisión por más de un siglo ayudó injustamente a gobiernos de opresión, y el abuso económico de la clase adinerada. ¿Ha habido acaso algún candidato que invoque cambio que haya expresado apoyo a esas naciones en Suramérica que estén tratando de buscar un mejor camino hacia la justicia social para su gente, aunque el camino político sea diferente al nuestro? No, ni uno. Y en cuanto a Cuba, y los incontables miles de millones (dólares) en daños económicos que este país ha infligido a esa nación y gente por medio siglo… no hay candidato que proteste o pida cambio para reestablecer lazos que borren esa mala voluntad que existe. Ni tampoco ha habido llamada alguna por candidatos para que esa política exterior acceda el ayudar a países africanos; ni para un más justo y digno tratamiento de Rusia; ni para terminar las amenazas a un país soberano como Irán.

Claro que el cambio en política exterior no es el de que hablan los candidatos; sus cambios no son primordiales. Cambio para ellos es simplemente palabrería, forma de promocionar su candidatura y obtener votos… y ahí se queda.

Desde luego, para cuando nos quedemos con los dos sobrevivientes gemelos, uno de cada partido del duopolio, estaremos a últimos de verano y la campaña en su apogeo febril en medio de la maloliente recesión, para entonces en su tercer trimestre y sin final a la vista, lo que provocará un “forzado cambio” en esa campaña.

Por ahora, según entramos en el 2008, la mayoría de estadounidenses continua en plena y completa denegación económica y política mientras que los candidatos al puesto de Bush promulgan cambio, aunque no al cambio importante: el que rige la política exterior. Y sin ese cambio, EEUU no engendrará una sociedad mas humana y compasiva, y una mejor vida para el pueblo – tanto material como espiritual – y tal cambio no ocurrirá hasta que EEUU se divorcie de su vieja arpía: el Orgullo, y se espose con una novia joven y amistosa: la Humildad. Pero todo eso es algo que no ocurrirá por ahora; definitivamente no en este año 2008.