Realidades entrelazadas con inmigración indocumentada

H. L. Mencken dijo que, “La religión, como la poesía, no es sino un esfuerzo concertado en negar las realidades mas obvias.” [Prejuicios: Tercera Serie]. A lo que pudiera haber añadido, la política. Claro que las realidades deben valerse de por si, y estar bien documentadas.

La repetición ayuda a transformar suposiciones en “hechos” – frecuentemente carentes de fuentes fidedignas – e implantarse en el dominio público. Recientemente lo vivimos al ser bombardeados día y noche por los políticos y los medios diciéndonos que el número de inmigrantes indocumentados en EEUU, criminalmente denominados por muchos como “ilegales”, se cifra entre 11 y 12 millones.

Dada la fiabilidad de cómo estos números han sido generados, no caería de sorpresa el que tal número se refiera tan solo a trabajadores indocumentados – sin tener en cuenta a familiares ya radicados en EEUU; haciendo que la cifra total de indocumentados pudiera muy bien exceder los 18 millones. Y ya que estamos viviendo esta epifanía de transparencia y veracidad, por que no reconocer que probablemente existan entre 10 y 15 millones mas, esposos/as e hijos de estos indocumentados que se quedaron atrás, que es muy posible aspiren tener acceso a residencia en EEUU. ¿No tiene acaso lógica el que los incluyamos en el problema a resolver? ¿O es ésta otra realidad obvia que los políticos se niegan a reconocer y barren bajo la alfombra?

Queremos poner tejado nuevo a nuestra casa y no simplemente reparar unas cuantas goteras… ¿no es cierto? Quizás el Congreso solo esté interesado en una chapuza que temporalmente saque de apuros a sus 535 miembros, pero el pueblo estadounidense se merece algo más, y también los inmigrantes. La rapidez no debe ser el foco de solución a este problema; solo resoluciones que traigan acuerdo y justicia social.

Este debate de inmigración no es solo acerca de los indocumentados, cuyos derechos, dignidad y criminalidad están en juego, sino mucho más. La moralidad de los estadounidenses está en la cima del montón junto con el bienestar socio-económico de la nación; y como termina resolviéndose esta cuestión de inmigración hará saber claramente quienes somos: a los millones de inmigrantes, al resto del mundo… y, principalmente, a nosotros mismos.

Percepciones o realidades, todos los aspectos de inmigración necesitan ser estudiados, no superficialmente sino a fondo. Y esto debe ocurrir antes de que el debate se renueve en la palestra, no solo en el Congreso, sino en las salas de estar de toda la nación. Si hay un tópico que requiere consenso en el país, éste lo es por antonomasia. No un consenso engendrado en una mentalidad de vigilantes, sino un consenso basado en realidades económicas, justicia y dignidad humana.

Hasta la fecha, el debate ha sido mínimo en las diferentes facetas sociales, económicas y geopolíticas; y como esta inmigración de indocumentados esta afectando a la nación. En su lugar solo hemos tenido alguna que otra presentación acalorada en cuanto a lo que “se debe” hacer sobre cuestiones especificas, frecuentemente sin enfocarlas a la totalidad del problema. Diatribas estridentes, monólogos abrazando causas políticas o visiones estrechas de grupos con intereses propios; pocas veces con los intereses del país por delante, y casi nunca con los intereses de los inmigrantes.

Entre la basura de prensa en circulación sobre la materia, y que el autor haya tenido el desagrado de leer, se encuentra lo escrito por Rich Lowry, redactor-jefe de la revista National Review, nuevo foro para el neo-conservatismo estadounidense. Sus dos últimos artículos exploraron, y explotaron, la cuestión de inmigración con el mismo desdeño y tono innoble aportado a sus títulos: “Importar al pobre no nos trae beneficios”, y “La traición liberal para los trabajadores de baja compensación”.

Pero no es su mal empleo y uso detestable de datos estadísticos, o la carencia de humanidad en su tono, sino el fraude que comete cuando trata de vender a sus lectores, condones llenos de agujeros… agujeros que están presentes en la punta de su análisis económico.

La contención clave de Lowry aparenta ser que los inmigrantes pobres, con o sin documentos, consumen mas en servicios gubernamentales que lo que pagan en impuestos, y esto hace al inmigrante un contribuidor “negativo”. Y aquí es donde empieza a hacer uso de su aguja. ¿Se le habrá ocurrido al Sr. Lowry que su forma de medir la creación de riqueza es totalmente absurda? A una persona se la podrá pagar sueldo bajo, quizás tan solo la mitad o una tercera parte de lo que debiera ser un sueldo justo y competitivo… pero ¿quiere eso decir que esa es toda la riqueza que este individuo crea? ¡Claro que no! Simplemente, que la riqueza creada por los inmigrantes va a parar a otros bolsillos… los que los emplean (beneficios adicionales) y/o el consumidor (en precios mas bajos).

Ya se es bastante miserable con los inmigrantes pagándoles una fracción de lo que su trabajo merece, y el ir mas allá, criminalizándoles y robándoles su dignidad, diciéndoles que se quedan cortos pagando por los servicios que obtienen, es insultar con recochineo a alguien que ya hemos perjudicado.

El problema no es simplemente uno de fronteras “rotas”; o uno de soberanía; o uno de seguridad nacional; o uno de economía; o uno de perdida de identidad. Y tampoco es el problema uno de racismo; o uno de explotación; o uno de falta de compasión. Todos los aspectos de la cuestión de inmigración, sin excepción alguna, necesitan ser cuantificados y analizados antes de que el problema, en su totalidad, pueda ser resuelto. En esta búsqueda no es la conveniencia lo que debe preocuparnos, sino la amplitud y precisión de nuestro enfoque. El problema necesita resolverse de una vez para siempre, y no podemos permitir el aceptar una solución legislativa defectuosa como la que el Congreso nos dio hace dos décadas.

Estamos empezando a cosechar lo que plantamos en nuestra marcha hacia el capitalismo global; marcha que nuestra elite azuzó fuera “a toda velocidad” hace un cuarto de siglo con el consentimiento de ambos partidos políticos. No debe sorprendernos el que EEUU se haya convertido en exportador de trabajos bien remunerados, e importador de la mano de obra del tercer mundo. Así es como opera el capitalismo global. Lo que no podemos hacer es permitir que sea el inmigrante indocumentado el chivo expiatorio por nuestro proceder.