Metalliokomis... o, todo sea por el dinero

Banderas ondeando, enorgullecidos cantando los himnos… hasta lagrimas derramadas por la emoción mientras las medallas simbólicas de oro, plata y bronce pasan a los nuevos vencedores, sus cabezas adornadas esta vez con guirnaldas de laurel como hace milenios. Este espectáculo de triunfo nos lleva más cerca de estos logradotes, y a la vez también al resto de la humanidad. Todo tan idealista, tan noble… y tan irreal.

La bandera blanca con sus cinco círculos flota en todos los recintos de los JJOO, pero mas allá de esta “pretensión visual” representada por esa bandera está la verdadera adhesión de los competidores… a una ideología… a una nación… a ellos mismos. Esto ultimo siendo por mucho lo que prevalece, ya que el “olimpismo profesional” es, y ha sido por mucho tiempo, una carrera para la mayoría de estos olímpicos.

Una llamada a la realidad nos diría, asumiendo que nos queramos enterar, que el encontrar orgullo nacional en el medallero peca de injusto, o de absurdo… por lo menos en lo que se refiere a naciones grandes, en población y/o riqueza, como lo es EEUU. Durante las olimpiadas de Sydney, los competidores estadounidenses cosecharon medallas que les diera una por cada 3 millones de estadounidenses y $80.000 millones de producto bruto anual. Esos logros se quedan muy cortos cuando los comparamos a los de otros competidores, como los componentes del quinteto de naciones caribeñas (Bahamas, Barbados, Cuba, Jamaica y Trinidad-Tobago) que tuvieron un promedio de una medalla por cada medio millón de población, y para tan solo $1.000 millones de producto bruto. ¿Debieran estos antillanos de alardear ser 6 a 80 veces “mejor” que nosotros? Absurdo diríamos, con mucha razón; sin embargo, cuando nos metemos en este “metalliokomis” (contar medallas) con patriotería, terminamos bebiendo del mismo pozo que ellos.

Una cosa es que una nación pequeña, y sin grandes recursos, se enorgullezca cuando uno de sus ciudadanos se convierte en atleta laureado, y mas aun cuando este individuo no ha recibido una subvención substancial; y otra, el que rindamos homenaje y adulemos a miembros de dudosos “dream teams”. Pero en este mundo de primero-yo y fastídiese-el-vecino, una actitud moralista no solo resulta arcaica sino fuera de lugar en el camino al éxito. Después de todo, la fama que traen estas medallas se traduce en fortuna… con alta remuneración por charlas, anuncios comerciales o subvenciones gubernamentales de cualquier índole. Al lema de los juegos olímpicos de “mas rápido, mas alto, mas fuerte” debemos ahora añadir, “y mas comercial”.

Según se van concluyendo los juegos en Atenas, el medallero de naciones no variará mucho de aquellos en olimpiadas pasadas; y el enfocar los juegos en ideologías políticas, o patriotería, nos pone cada vez mas lejos del ideal con que soñó Pierre de Coubertin cuando restableció los juegos olímpicos en 1896: mejor comprensión internacional mediante el atletismo.

Ya que estamos en Atenas, podemos pedir un milagro a los dioses paganos de Grecia: que nos resuciten al mítico Esopo. Pediríamos a este gran anecdotista que recitase una o dos fábulas a los participantes en los juegos; historias que, como otras fábulas del pasado, tuvieran una moraleja fuerte que pudiera contrarrestar la amoralidad que suele ir de la mano con fama y dinero.

Entre los diez-mil atletas en los juegos habrá docenas de ellos cuya participación llegó tras gran sacrificio de su parte, particularmente aquellos cuya maestría es en deportes que carecen de atractivo comercial. A ellos los aclamamos de corazón. Los olímpicos no son sino una muestra representativa del resto de nosotros. Lo que somos, y como somos. Quizás esperamos actos heroicos de estos dotados individuos, pero sería injusto que demandásemos de ellos algo ajeno a su talento. Fuera de su capacidad y campo solo esperamos que cumplan como personas. Nada de actos heroicos, solo que cumplan haciendo lo que es debido.

Pero un simple “como es debido” es exactamente lo que un talentoso gimnasta, atleta laureado, dejo de hacer la semana pasada… inmediatamente, sin ser instigado por consejeros, periodistas o compañeros. El no haber hecho lo debido por ese atleta me entristeció al reconocer que el Dólar Soberano continua reinando.