Meritocracia, "explotocracia" y déficit presupuestario

Para EEUU, la meritocracia ha sido una parte imborrable de su estructura social, de su psique. Cualquier reto a su virtuosidad solo ha sido puesto en duda en su enfoque. Pero el tono de la crítica parece ir en aumento hasta el punto de poder trasformar un concepto aceptado universalmente por otro con implicaciones sociales irremediables.

El gobierno en Washington se está convirtiendo rápidamente en catalizador de ese cambio, dando la bienvenida a la “explotocracia” que reemplazará a la meritocracia.

Cambios en cuantía y fuentes de ingreso fiscales legislados durante este “reino” de Bush están dando a la meritocracia una mala reputación. La redistribución de la tarta económica está creando una estructura social que semeja más la de un país en desarrollo que la de una gran potencia económica que asumimos ser. Después de la reducción de impuestos, los hogares que perciben el 10% más alto de ingresos probablemente terminen con veinte, si veinte, veces los ingresos de aquellos hogares en el 10% más bajo… que se puede comparar a las cinco veces en Japón y siete a diez veces en la mayoría de países desarrollados.

No, el equipo de Bush no cree que este distanciamiento económico entre rico y pobre sea alarmante, o vergonzante. El consenso entre ellos es que los emprendedores, según dicen (en hechos si no en palabras), son los únicos que contribuyen a crear riqueza, y es justo que reciban su “recompensa”… los demás que se las arreglen.

Desvergonzadamente, los tentáculos que Extrema Derecha tiene a mano, desde los evangelistas que inundan los medios a los “grupos expertos” que comulgan su causa, han propagado la idea de que el creciente déficit no es sino producto de la incapacidad del gobierno en controlar gastos domésticos, entrelazando responsabilidades estatales con federales. Simplemente y al grano, concluyen que tenemos “demasiado” gobierno, “demasiados” programas ineficientes que debieran de ser o abolidos, o trasferidos al sector privado. Ese planteamiento simplista, idiota para muchos, seria motivo de risa si no fuera por las alusiones explotadoras.

Si optamos por que prevalezca la lógica económica, debemos asignar a cada acusado su parte de culpa al argumentar las causas del déficit presupuestario. Cierto que parte de este déficit tiene que ver con gastos adicionales, en buena parte como resultado de la política exterior defectuosa que trajo una guerra innecesaria, y más ineficiencia gubernamental al crearse el departamento de “seguridad patria”. Esos gastos representan un tercio del déficit (por ahora), pero… ¿y los otros $300.000+ millones?

Nada que adivinar, ya que no envuelve gastos. Como hubiera dicho Clinton, “¡Son los ingresos, idiota!” La falta de ellos, queremos decir. La reducción de impuestos, y otros tejemanejes, otorgados a los “meritorios” ricos aportan los dos tercios restantes del déficit. Ya que no es solo la baja contribución de los ricos, en proporción a la de otros países desarrollados, sino la eficacia en los controles vigentes para colectar lo que se debiera a los opulentos y grandes empresas.

El equipo de Bush ha sido el cerebro detrás del raterismo a los bolsillos de la clase productora estadounidense, engañándola como a catetos pueblerinos por un charlatán. Y además las victimas contentas dándoles las gracias a los rateros. No importa que por cada dólar en reducción de impuestos a la clase media, ésta y sus hijos deban de pagar muchos más en el futuro.

Bush fomentó un programa de reducción de impuestos con la misma falsedad que fomentó la invasión a Irak. Al fin de cuentas, ni se han creado trabajos, ni se han encontrado ADM en Irak. ¡Ahora aboga para que esas tasas para los ricos sean permanentes!

Hace unas semanas pedimos en nuestra columna que se nos acuñasen dos palabras, “emporiocracia” y “autocratopia” que opinamos definen nuestro sistema de gobierno, influenciado por las grandes empresas, y aquellos que nos gobiernan, en vez de la democracia mítica que pretendemos tener. Quisiéramos convertirlo en trilogía esta semana añadiendo “explotocracia” que pudiéramos definir como meritocracia para “los escogidos”.