Enormes sombreros sobre cabezas diminutas

¿Terminó el periodo de duelo? ¿Se me tomará por un blasfemo antipatriótico si uso el nombre de Reagan en un ambiente falto de heroísmo o banderas ondeantes? No lo dudo… pero esperemos que lo antes posible la razón prevalezca y que los días de fantasía política, ensueño y mito encuentren también reposo eterno en Simi Valley.

De forma casual, yo también tuve mi encuentro con el Gran Comunicante. Por ser producto del sistema californiano de estudios superiores, mis dos diplomas universitarios fueron firmados por Mr. Reagan por ser gobernador por aquél lejano entonces. Bueno… firmas impresas nada más.

El lunes después de su muerte, el artículo de fondo de la redacción del periódico Oregonian (Pórtland, Oregon) leia: “Ronald Reagan, visionario- El cuadragésimo presidente del país era un hombre de principios y humildad que cambió el mundo para mejor”. ¡Nada menos que el mundo! Y yo que siempre pensé que ni las emociones ni la ignorancia son bien recibidas en redacción. Apuesto a que los responsables fueron las emociones y los recuerdos.

Cualesquier que fuese lo que Reagan contribuyó al mundo, su legado a los EEUU es de importancia, aunque para mi sea en un contexto social negativo. No solo su política económica ensilló a la nación con una deuda de billones de dólares, sino que su gobierno abogó por leyes que abrieron las compuertas de la avaricia empresarial bajo el pretexto de proteger a la empresa privada de la reglamentación gubernamental. Más que cualquier otra cosa, los ocho años de la presidencia de Reagan prepararon el ambiente para la proliferación de los piratas y criminales en el mundo corporativo.

En contraste con Jimmy Carter, quien probablemente haya sido el último presidente que diese a los estadounidenses la verdad sin teñir, Reagan tan solo reconocía su propia versión de la verdad. Enseguida supo contrariar la diagnosis de Carter sobre el malestar de la nación, con una postal romántica de optimismo patriótico y sentimental. Una postal escrita con frases simples y persuasivas… y entregada por un cartero sonriente con figura paternal e inspirante de confianza.

La elección presidencial de 1980, excluyendo el pequeño impacto causado por Anderson, fue casi incontestable. Por un lado estaba un pragmático que pecaba de intelectual, con muchísimos problemas de estado, y pidiendo además sacrificios de la nación; por el otro estaba Reagan, que predicaba optimismo y que no veía problemas siempre y cuando la gente mantuviera confianza en si misma. ¿A quien ibas a preferir, a un tío severo y riguroso que pide un esfuerzo de ti… o al tío sonriente que te visita trayéndote o prometiéndote golosinas?

La muerte de Reagan les ha venido a los neo-conservadores de perillas para sacar a su caudillo de la oficina Oval y hacerle objeto de la atención patriótica del momento… lejos de la penumbra de Irak y la sarta de ineptitud que su gobierno ha tejido. Se le presenta a Bush ante el pueblo estadounidense como un prohombre recién fundido del molde de Reagan. Pero en verdad, salvo que los dos carecían de curiosidad intelectual o de buenos hábitos de trabajo, poco en su carácter o ideología los pone en mundos paralelos.

Aunque Reagan no tuviera amigos íntimos, salvo Nancy, su esposa, y se le considerase un individuo impenetrable por aquellos que buscaban su alma, poseía un público amplio y leal entre los estadounidenses a quienes comunicaba materias complejas en los términos más simplistas.

Con esa sonrisa afectada, su carácter vengativo y su incapacidad de expresarse, Bush no se parece al afable y cortés Ronald Reagan absolutamente en nada. Aunque los dos fuesen escogidos como protagonistas por sus directores políticos, y dados guiones derechistas similares, Reagan declamó sus líneas a la perfección… y con persuasión, mientras que Bush las mutiló.

Sin haber visto una foto de Bush a caballo, no dudo que su figura vaquera emule la de Reagan. Ahora toca cambiar de brida: el hombre Marlboro tomando las riendas del ausente hombre Chesterfield. En ambos casos, los dos son mercaderes de humo… que se va; ambos héroes necesarios, desafortunadamente, para el psique estadounidense.

Como individuos, parece agradarme uno pero no el otro. Como jefes de estado veo a ambos con sus cabezas diminutas luciendo enormes sombreros… demasiado grandes para ellos.