¿Debe nuestra prensa ser cortésmente correcta?

En nuestro país tenemos unos cuantos símbolos o posturas sacrosantas que desafían crítica, que son intocables. Pretenden asumir ser verdades manifiestas, forzándonos a rendir homenaje a sus iconos.

Tan solo una intención de reto a estos iconos se denuncia con rapidez y a los cuatro vientos como traición, en el peor de los casos; o como ofensa venial en el mejor. Y entre todos estos iconos, uno aparece como la estrella más luminosa en el firmamento político estadounidense, su estatura creciente según aumenta el poder económico y militar del país en el mundo. El icono: la presidencia de Estados Unidos.

Este icono tan importante, palco de autoridad para nuestro elegido semidiós- bueno, seleccionado esta última vez, inspira ambas majestad y supremacía, algo sin igual en los anales de la historia. Majestad con los atavíos de vanidad que achica lo que antes poseyeron reyes, emperadores, príncipes de la iglesia… y demás caudillajes de todo tipo y razón. Y en cuanto a supremacía, muchos estadounidenses la ven a gusto sabiendo el temor que causa en el mundo. Temor no hacia el militar estadounidense, pero si a su armamento y las ADM que son verídicas y reales, y cuyo uso está a la discreción del caballero poseedor de la moralidad política: el presidente de EEUU.

Tocante a este tema espinoso de supremacía, un amigo sueco y profesor de historia, me hizo un comentario muy apropiado esta semana: “La comunidad mundial debe despertar, y pronto, al ahora ausente balance en los poderes del gobierno estadounidense. Antes era vuestro problema, ahora es el de todos. Siempre se puede copar con toda clase de dictadores que tratan de cambiar el mapa geógrafo-político de su parte del mundo; pero no podemos estar a merced de alucinantes y bufonamente arrogantes jefes de estado que tengan este poder destructivo en sus manos. No es a los estadounidenses a los que se temen, sino a los dirigentes que eligen, y a la falta de equilibrio de fuerzas en su gobierno”.

Reconozcamos que se hace imposible refutar la verdad desnuda de que por décadas el Senado ha abdicado su derecho de ser el órgano gubernamental que pueda declarar una guerra. Una y otra vez ha delegado, de hecho, el poder al Comandante Supremo Militar… al presidente. ¿Si esto no es alarmante, que es? Si el resto del mundo lo ve así… ¿Por qué no nosotros?

Nuestros medios han sido tan cortésmente correctos en estos tres últimos años hasta el punto que mucho del material de prensa difundido parece ser una versión casi sin variantes de la hoja informativa de la Casa Blanca. Esas sesiones de información y ruedas de prensa, tanto en la Casa Blanca como en el Pentágono, no han sido sino una exhibición de excesiva cortesía por parte de la prensa… y una afrenta, una burla al periodismo responsable.

También es sacrosanto el aceptar como articulo de fe que nuestros jefes de gobierno simplemente no mienten en materia de seguridad nacional. Esto hace que aun las mentiras mas patentes circulen por nuestra prensa como verdades; o “exageraciones”, pero solo cuando se considere apropiado al caso.

En nuestra interpretación de lo que es ser cortésmente correcto con referencia a Bush y su gobierno, creo que hasta superamos a ese griego quisquilloso y cortes de quien nos habla F. Anstey que según él, mientras llevaba a cabo el funeral de una hijita se sintió obligado a pedir excusas a los concurrentes “por sacar un cuerpito tan ridículamente pequeño para una multitud tan grande”. Ese ha sido el tratamiento apologético de nuestra auto-vendada y muda prensa al saqueo de la verdad que ha tenido lugar en la Casa Blanca, el Pentágono y otras partes. Nunca han pasado tantas mentiras como verdades o exageraciones.

¿Qué lleva a una prensa libre el dejar de serlo? ¿Excesiva cortesía quizás?