Sadam Hussein... tan solo un pretendiente a Saladino

A orillas del Tigris, en Tikrit, el jefe kurdo Ayub recibe en 1138 a su hijo Saladino, llamado a ser la Gloria del Islam.

Un año antes de cumplirse ocho siglos, otro futuro gobernante nace en las afueras de Tikrit, quien a su vez llegaría a ser celebre en el mundo, aunque de forma infame: Sadam Hussein.

Saladino y Sadam, ambos hijos del Islam y figuras de gran poderío… aunque solo uno de ellos lograría combinar el poder con la sensatez.

Los logros de Saladino tanto en el ámbito militar como en el económico le ganó el cariño y la admiración de sus súbditos; y lo que no es tan común en la historia, el respeto de sus enemigos. Bien sea en los anales de la historia o en el folklore Oriental u Occidental, la figura de Saladino es vista por todos de forma positiva, sin controversia.

Se contrasta esto con los hechos por parte de Sadam que le han traído el odio y el rencor que se acuerdan a un tirano. Y su repudio se extiende más allá de los iraquíes que gobernaba, cubriendo el mundo entero.

Era su cordura que puso a Saladino entre las grandes figuras de la historia. Supo acatar los consejos de su padre poniéndolos a buen uso. Supo además cuando era el momento oportuno para asumir el poder, y hacerlo con calculada agudeza… y entablo acción militar con la certeza de saber que tenia las mejores cartas, sin fanfarronear.

Se contrasta eso también con las decisiones cruciales político-militares tomadas prematuramente por Sadam con consejo escaso, o sin el, de aquellos allegados a él. Si Saladino se rodeó de kurdos en quien confiara, Sadam dio un paso mayor rodeándose casi exclusivamente con incestuosos pelotilleros de Tikrit.

Paciencia y planificación fueron grandes virtudes de Saladino, puestas en evidencia durante situaciones militares difíciles. Le llevó trece años poder organizar el poderío militar necesario para enfrentarse a los cruzados. Una serie de conquistas- Damasco, Alepo, Mosul… fueron necesarias antes de atacar al Reino Latino de Jerusalén y capturar la ciudad.

Se contrasta eso con los cálculos erróneos de Sadam en asumir un no-existente apoyo a largo plazo que le embaucara a cometer dos errores monumentales que definen sus treinta-y-cuatro años en el poder, y que acabarían con él. Y para colmo de males, los dos presidentes estadounidenses a quienes interpretó mal son presidentes a los que la historia posiblemente juzgue como pertenecientes al grupo de “poca materia gris”.

Primero fue Reagan en 1980 quien probablemente vio en el intento de anexionar el canal Xat-al-Arab por Sadam, como un desquite por la afrenta hecha al poderío estadounidense por Ayatolá Homení. Pero después de ocho años de lucha, la excursión en busca de gloria terminó, así como la amistad asumida con EEUU. La Guerra Fría daba sus ultimas bocanadas, y con ello la necesidad de tener a Sadam como aliado.

Después fue Bush I en 1991 a quien Sadam juzgo mal creyendo tener su consentimiento implícito para anexionar Kuwait. Todos sabemos lo que terminó ocurriendo.

Muchos afirman que la naturaleza despótica de Sadam contribuyó a mantener unida una nación de kurdos, sunnitas y chiítas… una nación de Baahtistas laicos y fundamentalistas musulmanes. Pero aunque así fuera, no es una política virtuosa la que usa el temor para mantener una nación unida.

No importa la necesidad que haya existido durante el último medio siglo por un liderazgo excepcional árabe, la reencarnación de Saladino no ocurrió… Sadam nunca lo fue. Quizás más importante aun que la esperanza en un gran caudillo venga con una mayor comprensión, en términos humanos y políticos, por parte de los gobernantes occidentales, particularmente de los estadounidenses.

Una política exterior más imparcial hacia los problemas del Medio Oriente, comenzando con el que viven Israel y Palestina, permitiría prescindir con la llegada de un Saladino-reencarnado. Y como beneficio colateral, podría servir como el medio de poder ahogar al terrorismo en aguas de comprensión humana y buena voluntad.

En diciembre de 2003 Sadam devolvió su mascara de Saladino sin un solo disparo… todo había terminado para el pretendiente.