Reclutas, mercenarios y hombres libres

Es natural que en una nación donde se valora la libertad, sus altos funcionarios deben asegurar de que el país no se mete en contiendas militares a menos que la seguridad de la nación vaya de por medio. Sin excepción. Pero aun así, el Congreso votó de forma aplastante permitir el uso de fuerza en Irak.

Aunque veamos de mala gana el que se nos considere como “policía del mundo", hemos sido sumamente generosos en permitir que el gobierno en Washington funcione como tal, como se ha podido observar durante los dos últimos años, con el pretexto de estar luchando contra el terrorismo.

Entre los pocos miembros del Congreso que no votaron autorizar al presidente poder llevar al país a la guerra, estaba el diputado Charles B. Rangel. Abogando por su causa de retornar el país al viejo sistema de reclutamiento universal, subrayó que “si vamos a mandar a nuestra juventud a la guerra, el principio dominante debe ser el de un sacrificio común”; ya que nuestras filas de voluntarios están excesivamente representadas por minorías y pobres. Pero quizás la razón mas apremiante que dio el diputado para restablecer el reclutamiento es “la mayor apreciación de las consecuencias de decisiones para ir a la guerra”.

Un reclutamiento aplicado de forma universal para todos aquellos físicamente capacitados, sin prórrogas ni deferencias, salvo los objetores de conciencia, pudiera llegar a ser una fuerza disuasoria contra las guerras promiscuas. ¡Y la mayoría de las guerras son promiscuas! Subiría el nivel de activismo político en el país al ver reclutas muertos o mutilados, reclutas que no hubieran prestado sus servicios en una guerra de elección. Y el número de víctimas en las familias de los congresistas aumentaría de forma dramática.

Pero los sentimientos de Rangel acerca del retorno a un reclutamiento universal no tienen apoyo entre sus colegas. El reclutamiento no es popular. Quedan demasiados recuerdos de otras guerras selectas, sangre vertida sin razón… nada heroico en todo esto. El consenso es mantener nuestra fuerza militar tal y como es ahora: una plantilla militar profesional. Aparentemente la nación no está lista para lo que muchos consideran servidumbre involuntaria.

Hay quienes consideran que el sistema que tenemos encaja muy bien con nuestras necesidades. Después de todo, lo que estamos defendiendo es una forma de vida, el capitalismo, algo que estamos haciendo por todo el planeta. Si la gente de negocios son mercenarios, llevados tan solo por posibles beneficios monetarios, ¿por qué no han de ser sus defensores mercenarios a su vez? Si la palabra “mercenario” nos avergüenza o nos causa consternación, quizás sea mejor que nos quitemos la venda de los ojos y veamos las cosas como son. Los Estados Unidos, para ellos, es un imperio naciente que requiere un apoyo militar muy fuerte para poder lograr sus fines.

En la mayoría de los casos el uso de la fuerza militar no es aconsejable, e inaceptable si es usada para iniciar ataques preventivos. Nuestra incursión en Irak sin el apoyo del Consejo de Seguridad pasará a la historia como un ejemplo de triple fracaso en los frentes que cuentan: moral, diplomático y militar. No importa las amonestaciones neo-conservadoras y belicistas que lance Cheney.

¿Por qué no es aconsejable? Simplemente por las consecuencias que reverberan de esas acciones militares, a corto y a largo plazo. En primer lugar, en la contienda son muchos los inocentes que mueren o caen heridos… a quienes insensiblemente denominamos como daño paralelo; segundo, siembra la semilla del odio que se convertirá en terrorismo futuro, y nos aparta de tribus, naciones y religiones (Islam) haciéndonos sus enemigos; y, en tercer lugar, por caracterizar a Estados Unidos ante el mundo de la peor forma posible: Hunos del Siglo XXI aspirando conquistar y desestabilizar regiones por motivos egoístas. Más que combatientes contra el terrorismo, ante los ojos del mundo aparentamos ser nosotros los terroristas.

No tenemos derecho alguno a mandar reclutas como combatientes en esta clase de guerra. Y probablemente tampoco debiéramos hacerlo con nuestros voluntarios. Al fin de cuentas, la mayoría de estos jóvenes, salvo los mandos, se alistaron a la fuerza militar por necesidad económica, y tienen poco de mercenarios o ejecutores para políticos con corazones endurecidos, y visiones desfiguradas del mundo.

¿Debemos pedir de nuestros jóvenes reclutas, o de una fuerza mercenaria, doméstica o extranjera, el librar nuestras batallas, o salvaguardar nuestros intereses? Si queremos mantenernos como un pueblo libre, con derechos económicos y espirituales legítimos, quizás no nos quede otro remedio que hacernos todos parte de una milicia nacional… ser todos soldados a la vez que ciudadanos, todos soportando el peso de la bandera, no solo agitándola.