Politica exterior con invalidez taxonómica

Bush ha tomado muy en serio una promesa que hizo durante su campaña presidencial. Nada de “leer mis labios” con esperanza fortuita, como su padre. No, claramente no iba a permitir que EEUU se pusiera a rehacer naciones.

¿Estará Bush ahora rompiendo esa promesa? Si fallar en el intento de reconstruir naciones se equipara a no reconstruir, técnicamente, hasta el momento, la promesa se conserva intacta. Pero dicha sea la verdad, y a estas alturas… ¿le importa todo esto un comino al pueblo americano?

Los gobernantes estadounidenses han simplificado todo con una tabla taxonómica de matiz político que parece servirá de guía no solo para los EEUU sino también para el resto del mundo.

Encabezando la tabla está América, Reino “por la gracia de Bush Rex”, y mas abajo tan solo dos filos: el grupo que piensa como el Rey y su corte, y el otro grupo: los demás. Ninguna otra clasificación bajo esas dos. Ni clases, ni órdenes, ni familias, ni géneros, ni especies. Nada.

La política exterior en nuestro país parece haber sido generada en un estado de embriaguez por el poder, con intenciones de rehacer el mundo a nuestra imagen y semejanza. En ruinas, y a la deriva en un mar de ignorancia, esta política exterior está dejando a los EEUU con pocos amigos y una lista cada vez mas larga de enemigos. Enemigos no en el sentido retórico, grupos políticos o naciones tunantes, sino individuos de carne y hueso, y sus descendientes.

La ignorancia, con sus auténticas características de vanidad, orgullo y arrogancia, tan elocuentemente expresado por Samuel Butler hace casi cuatro siglos, parece definir que y quien los EEUU aparentan ser ante el resto del mundo. No tan solo nuestro gobierno, sino la mayoría de los americanos.

Históricamente, la política exterior estadounidense no se ha librado de crítica. De todas formas es fácil aceptar la idea de que el poder, y la crítica de cómo ese poder es ejercido, van de la mano. Aún así, lo que estamos empezando a ver no es indignación o mala voluntad en respuesta a nuestros actos, sino una ira profundamente arraigada, bordeando en odio.

Ha sido rara la vez que haya visto la palabra fascista en la pantalla de mi ordenador procedente de una sala de charla política en el Internet; desde luego, no en referencia a nuestro gobierno o a nosotros. Sin embargo esa palabra está recibiendo en los últimos meses gran uso, como adjetivo y como sustantivo, para describir no solo la administración de Bush sino a los estadounidenses en general. Y no, no son “rojillos” o "zurdos empecinados" los que nos llaman eso, sino individuos cultos que nunca han participado en política extremista y que en su mayoría tienen orígenes socio-económicos similares a los nuestros.

Quizás haya llegado la hora de consultar el significado de esta palabra peyorativa que ha estado en bastante desuso durante las últimas cinco décadas, salvo en referencia a las exhortaciones soviéticas apaleando a los EEUU durante la Guerra Fría. Fascismo, según el diccionario American Heritage, es “una filosofía o sistema de gobierno que aboga o ejerce una dictadura de extremo derecha, típicamente con la fusión del liderazgo empresarial y el estatal, junto a una ideología de nacionalismo beligerante.” Una cuestión hipersensible para reflexionar sobre ella y juzgarla individualmente.

Aceptemos o no la existencia de una faz de fascismo en nuestro gobierno, o en el grupo neoconservador que formula la política exterior americana, es difícil que podamos considerarnos fascistas. Ni va con nuestra naturaleza, ni con nuestra educación… aunque debemos darnos cuenta de la rapidez y cuantía en el cambio político que estamos experimentando; en nuestro proceder ante otras gentes, otras culturas, y otras naciones.

Hace dos semanas tuve un largo cambio de impresiones con un ciber-amigo escandinavo, profesor de derecho internacional; una persona con gran estima hacia EEUU y los americanos, y alguien que no es extraño a nuestro estilo de vida, ya que pasó dos años cursando estudios post-grado en Yale, y se casó con una americana.

Sin ser originales, sus ideas sobre el organismo político americano parecen venir al caso. En su opinión, el gobierno de EEUU va casi siempre al mismo ritmo que el público a quien representa, rara la vez que vaya un paso adelante o un paso atrás. Su teoría es que Bush representa a los americanos, su virtuosidad y su malevolencia. Para él, lo peor de los americanos ha salido a relucir con Bush, y por ahora, el egoísmo y la satisfacción inmoderada de los americanos parecen tomar la delantera. Una acusación que hace eco a otras tantas. Al final de la jornada, la política exterior puede que sea tanto de los estadounidenses como de Bush.

No es fácil aceptar el que América esté marcando el paso de ganso. Por lo menos espero que no seamos la caricatura que está siendo dibujada por todo el mundo. Tampoco que nuestra perspectiva materialista y despilfarro de recursos económicos nos haya deshumanizado o insensibilizado de tal forma que nos incapacite a reconocer las necesidades que otros tienen. Necesidades en sus vidas materiales, espirituales, y en la forma en que son gobernados.

En cuanto a rehacer naciones, quizás un poco de humildad no le vendría mal a Bush. Dejemos que sea la ONU quien tome responsabilidad en reconstruir Afganistán e Irak, o por lo menos la parte del león. Todo quedará mejor; Bush mantendrá su promesa; y, lo más importante de todo, los principios de paz y cooperación que tan bien han servido al país en el pasado vuelvan como base a una política exterior sensata.