¡Gracias, José Cuervo!

No, no estoy dando las gracias a un suave y dorado consorte de tantas margaritas, sino a un personaje apacible, vestido de sonrisa; un agradable inmigrante mexicano, sin papeles, que recientemente conocí.

Hará poco más de un año que por primera vez viera a José cortando el césped de una residencia en nuestra vecindad. Lo que me llamó la atención, y dejó mi mirada fija en él, fue la cinta roja rodeando su cabeza y sujetando una enorme pluma negra. Después de unos segundos, dándose cuenta su compañero de lo que pasaba, puso a un lado su rastrillo y señalando a su amigo con un dedo, me mira diciendo: “Es mi compadre, José.” Asentí, y reanudé mi caminata con el pensamiento no en el tequila de abolengo, no el baile con ese nombre, sino en una persona luciendo pluma azabache, José Cuervo.

Hace un mes que topé de nuevo con José; sobre otro césped, con cinta de otro color, pero la misma pluma de cuervo. Había algo atractivo acerca de este individuo; era su calma mientras hacia su trabajo a tiempo ligero, su curtida y cobriza faz cubierta de sudor. Algo en mi decía que debía hablar con él.

Cumpliendo mi solicitud, paró su cortacésped un poco desconcertado… o quizás confuso. Me introduje en español, añadiendo en tono tranquilizador que no pertenecía a la “migra”. Le dije que necesitaba alguien que me hiciese algunos trabajos caseros, y que si le interesaba hacerlo en sus ratos libres, le pagaría bien por ello. Tomó mi tarjeta y prometió que me llamaría.

Al tercer día, a primera hora del domingo, recibí una inesperada llamada de José. Me dijo que podría trabajar ese día pero no tenía forma de venir a casa, algo a que puse remedio recogiéndole cerca del lugar donde se hospedaba. Desde entonces hemos tenido tres reuniones dominicales sin muchas labores caseras que atender, pero si una conversación continua que siento me ha enriquecido.

José resultó ser un individuo humilde y cortés, algo que esperaba de él dada su cultura y presencia. Pero me di cuenta que era mucho más que eso: inteligente, orgulloso, y sincero. Una vez que le dije que era escritor, con gran interés en sus experiencias y puntos de vista, se me convirtió en libro abierto.

Viudo y rondando los cuarenta, José se ha pasado casi ocho años en California y el Noroeste de EEUU ganándose la vida, excepto por un par de ocasiones en que fue deportado, y que le permitieron tomar vacaciones forzadas, aunque cortas.

Hogar es para José un apartamento en un barrio modesto de su Guadalajara, para él la ciudad más maravillosa no solo de Jalisco sino de toda América del Norte. Aunque sus padres son dueños del apartamento, es José quien mantiene casi por completo la casa para sus padres, dos hijas que estudian en la universidad, y una hermana pequeña con un hijo de 8 años. En su ausencia continúa manteniendo a seis personas, cubriendo todas sus necesidades. José está orgulloso de ello; se siente una persona con mucha suerte y muy agradecido a los Estados Unidos.

Con exactitud, José envía $200 cada dos semanas a su casa, y un poco más siempre que se tercie cuando tiene más trabajo. Con apenas $700 en ingresos netos cada dos semanas, después de pagar su pensión y mandar la remesa a México, que requiere un “diezmo” a Western Union (como sus amigos llaman al coste usurario por remitir el dinero)… poco es el dinero que le queda. De todas formas, su frugalidad le permite crear una reserva bisemanal de $20, lo que José llama “fondos para el coyote” en caso que una vez más sea deportado y tenga que pagar su “derecho de entrada”. La última vez que esto ocurrió hace dos años, le costó $800, “pero mereció la pena ya que el coyote era un hombre de confianza y él (José) tenía el dinero para pagarle”.

José no tiene auto, y posee pocas cosas. No tiene seguro médico, pero en dos ocasiones ha podido recibir gratis un examen físico general en una clínica rural que otorga servicios médicos a los trabajadores del campo. Hay un millón de cosas que José no tiene, pero no las echa en falta. Prefiere concentrarse en las cosas, o mejor dicho las personas, que tiene.

Agradece los padres que Dios le dio y la ayuda que ha recibido de ellos desde la muerte de su esposa doce años antes, dejándole con dos hijas que criar. José está orgulloso de esas dos hijas, ahora con 19 y 21 años, hasta el punto de llenársele los ojos de lágrimas cuando de ellas habla. “En cinco años,” me dice,”tendré a una licenciada y a una arquitecta llamándome papá… ¿Qué importa lo que me ocurra después?” Quizás sea ese pensamiento lo que le de a José una paz interna que termina traduciéndose en esa serenidad externa.

José da muchísimo más que recibe, afirmando ser tan solo ciudadano del corazón. Si, técnicamente se le puede considerar “ilegal” pero en lo que a mi se refiere, su ética no tiene rival. ¡Gracias, José Cuervo!