¿Eutanasia o amor de madre?

La noticia esta vez nos llega desde Francia: un caso de “derecho de morir dignamente”

Una historia emotiva de cómo una madre que experimento el dolor de dar parto a su hijo dos décadas atrás opte por un dolor infinitamente mayor al tomar la vida de ese hijo.

Vincent Humbert, un joven en la flor de su vida, había quedado tetrapléjico, mudo y sordo de resultas de un accidente de tráfico. No existía esperanza para él, solo una vida de sufrimiento y desesperación; no solo para él sino para todos los seres queridos a su alrededor que iban a compartir su futuro.

La madre de Vincent, al disolver una dosis mortal de barbitúricos en el suero que lo mantenía vivo, hizo dos cosas: cumplió una promesa y al mismo tiempo quebrantó la ley. La promesa quizás tuvo más que ver con ella misma que con su hijo; en cuanto a la ley, no la quedaba otro camino.

Casos como éste nos traen a primer plano un tema que nunca encontramos fácil o cómodo el discutir: eutanasia o suicidio con ayuda. Su posible legalización trae siempre un reñido debate, no importa donde sea, en que nación. Debate que pone a prueba mentes brillantes y corazones repletos de compasión tratando de encontrar una solución aceptable para la sociedad. Puntos de vista con origen en bioética, ética, genética, derecho y religión lanzados sobre esa diana de la razón. Pero ni la investigación copiosa ni el enfoque multidisciplinario nos ha llevado a la meta. A final de cuentas, la naturaleza controversial del tema no nos permite el consenso.

Varias han sido las leyes promulgadas que permiten la eutanasia, aunque casi todas ellas terminaron invalidadas o temporalmente en limbo por un mandato jurisdiccional mas alto, como ocurrió en el Territorio Norte de Australia- invalidado por el Parlamento Federal Australiano; o el Estado de Oregon- echado a un lado por el Fiscal General Ashcroft. Por lo pronto solo existe un puñado de lugares donde jurídicamente sea autorizada la eutanasia en forma alguna.

Hay quienes creen que la vida humana es de por si un valor fundamental. Para ellos, este constante reto es lo que hace nuestra especie diferente, lo que nos define como humanos. Estas mismas personas opinan que nuestra humanidad nos da una gran capacidad para superar las situaciones más difíciles, y llevar a cabo grandes actos de heroísmo. Quizás sea así, pero mi experiencia me dice que solo un pequeño grupo de mortales han sobrepasado ese nivel, mientras que el resto de nosotros, para mejor o para peor, no hemos llegado a esa validez espiritual.

Dado lo oído, leído y discutido en los amplios medios de Francia, el juicio de opinión pública ya ha tenido lugar, y para muchos de nosotros hasta se ha rendido un veredicto, mucho antes que se abriese audiencia. Poco a poco, personas provenientes de todos los ámbitos sociales han encontrado a Madame Humbert culpable. No solo culpable de haber causado la muerte de su hijo, algo que ella confesó desde el principio, sino también culpable de ser una madre con un amor muy especial para ese hijo; culpable de compartir con él ese indescriptible dolor, la desesperación constante, la ansiedad de mente y corazón que mantuvieron a madre e hijo unidos hasta el fin. Y muchos son los que parecen identificarse con esa culpabilidad, añorando para si mismos una madre así, un verdadero ángel de caridad.

El caso Humbert no nos hará cambiar de opinión en este continuo debate ni definirá lo que representa “el derecho de morir dignamente”. Pero si acentúa una cosa, y ésta es la existencia de casos excepcionales y extremos que necesitan ser juzgados por sus propios meritos.

Los franceses ya han determinado que para una madre, identificada en corazón y alma con su hijo, no había dilema alguno. En este caso una ley fue quebrantada, y dos almas restauradas al mismo tiempo.